¡Menudo regalazo!

12 abril 2009 por

El arbitro no señaló el penalti que podría haber impedido la victoria del Madrid.
Robben marca el segundo tanto para el Madrid.
Normalmente, y dado que el fútbol es cosa de «once contra once y no hay rival pequeño», el que juega como grupo juega con ventaja. No contra el Madrid. No en el Bernabéu.

El equipo blanco se siente cómodo en este estilo que nunca ha sido el suyo. Juande Ramos está orgulloso de su bloque sólido (siete goles encajados en 16 partidos), y construye un muro de hormigón con seis hombres eminentemente defensivos arropando a Casillas.

Pero con este planteamiento hay algo que no encaja. El balón. Para que este engranaje funcione es necesario que lo tenga el rival, que lo juegue, que se venga arriba y se vea con posibilidades de ganar el encuentro. Entonces, el muro hace su función, roba el esférico y se lo da al talento. Carrerita de Higuaín, desborde de Robben o llegada de Raúl. Da igual. Llegada y tiro.

El Valladolid fue a por ese anzuelo y lo mordió con convicción. Eso deparó una primera parte muy igualada. El Valladolid era dueño del balón, lo movía, buscaba hacer daño arriba y se guardaba las espaldas. Daba la sensación de que esta vez sí, de que este era el año en el que la historia permitiría a los blanquivioletas añadir otra muesca en su exiguo marcador de victorias en Chamartín.

Pero volvemos a lo de siempre. Puesta la actitud y el juego de grupo, ¿qué hay del talento? Pues que en el Valladolid lo hay, pero en menor grado que en el Real Madrid. «Los euros», que diría Iñaki Bea. Los que diferencian el toque letal de Higuaín, que acaba cada jugada que empieza, del ‘¡huy!’ continuo en el que vive Goitom, por ejemplo.

El uno llega cuando parecía que no iba a hacerlo, y saca un zambombazo sin ángulo que busca indefectiblemente la portería rival. El otro no llega cuando tiene ventaja para hacerlo, cuando sale del recorte no acierta con el pase, y cuando le llega el pase no es capaz de atinar con el remate. No sólo él.

El Real Valladolid remató con miedo de hacer daño al rival. Jugadas que en Zorrilla acabarían en un disparo lejano de Canobbio o Pedro León se transformaban en el Bernabéu en otra apertura a la banda, otro pase lateral, otro intento de llegar a marcar el gol justo sobre la línea.

Será por el miedo al error, porque el escenario impone mucho o porque enfrente hay centrales de envergadura. El caso es que los remates del Valladolid se toparon con su propia falta de convicción, unas veces, y con Casillas y sus defensores, en otras.

Después intervienen las otras circunstancias de estos partidos. Las “pequeñas cosas”. Un árbitro que castiga con una amarilla a un central a la primera falta que comete. Ese central que sale a la banda a tapar una internada de Higuaín junto a su lateral y se ‘corta’ de cometer falta para no jugarse la expulsión. El delantero que se va, centra y aparece Raúl para meter el pie en el minuto 44, nada menos. Y 1-0 al saco después de un primer tiempo tedioso.

¿Más pequeñas cosas? Un penalti sobre Goitom en el minuto 84 que Ramírez Domínguez no ve. El balón sale volado hacia posiciones de ataque. Robben, uno de los talentosos, que la caza y echa a correr contra Iñaki Bea. El que se cura las lesiones entre sábanas de raso con el central que disfruta cada partido que juega en Primera después de salir de los barrizales de Segunda B. El portero se retrasa. Robben, fresco, se va. Tira. Gol. 2-0.

El individuo desarbola al equipo. El carácter colectivo del fútbol, dado la vuelta como un calcetín.

Vía | Canal Pucela.

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