La residencia en silencio

14 febrero 2009 por

El viejo edificio de la Rondilla cerró ayer la atención sanitaria.El antiguo edificio del hospital Río Hortega.

Después de cuatro meses de traslado, el nuevo Río Hortega ya ha tomado por completo el relevo a la vieja Residencia. Tres madres y sus respectivos hijos fueron los últimos en abandonar el hospital a primera hora de la tarde para trasladarse al nuevo complejo, dado que los pequeños apenas habían permanecido ingresados las preceptivas 24 horas.

Rubén, el hijo de Laura y David, ha sido el último niño en nacer en la vieja Residencia, ayer por la mañana, cinco minutos antes de las ocho, hora de cierre. A partir de entonces, todos los partos y urgencias ya eran atendidos en el nuevo centro. A la nueva madre le llenaba de orgullo ser la última de una historia con más de cincuenta años. «Me hace mucha ilusión que Rubén haya sido el último niño en nacer en este Río Hortega, es algo para toda la vida, para contárselo en el futuro», explicaba Laura.

Ahora, en el viejo edificio tan solo queda el silencio. Cientos de cajas embaladas, restos de mobiliario, vendas y material de curas… recuerdan lo que fue, simplemente hace dos días. Los pasillos parecen eternos después de acoger enfermos agarrados a su gotero en su pesado recorrido en pijama; las salas de espera ya no recogen cuerpos doblados, manos que sujetan los pensamientos y el dolor; los quirófanos, que tan bien conocen el miedo, ya sólo tienen las inquietantes lámparas; y aún quedan restos de café en algún vaso de plástico, en algún rincón. Está vacío, inquietantemente vacío.

Fueron 35 los enfermos que inauguraron aquella residencia de Onésimo Redondo en 1953. En medio siglo, sus paredes han conocido disputas más o menos científicas, huelgas y protestas abanderadas con pancartas, directores de todos los colores, niños recién nacidos que luchan por salir adelante, cirugías espectaculares que han podido dar la vuelta al mundo, discretos pioneros que nunca vieron su nombre en grandes letras de imprenta, profesionales que dudan, que estaban seguros, que acercan la peor de las noticias, que piden la donación tras la muerte, que proponen una terapia sólo paliativa, que se equivocan, que dan más vida a la vida…

Medio siglo cerca de la muerte, y de la vida, forman sin duda parte de la historia de la ciudad, y de la particular de sus habitantes. Entre sus paredes, mi abuelo pasó los últimos instantes de su vida. Sin embargo a mí, me la salvaron. Ayer cerró sus puertas. Las ambulancias se oyen ya muy lejos. En su interior, ya sólo hay silencio.

Vía | El norte de Castilla.

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